Foto: EFE

Una nueva cultura en el «Corredor Seco»

Por Ariel y José Manuel Torres

En la región sur de Honduras, fronteriza con Nicaragua y El Salvador, el campesinado sabe que el clima es árido, pero que puede ser peor cuando se presentan dos circunstancias temidas y asociadas: sequías e inundaciones.

Sur de Honduras. Foto: GWP CAM

«Viene la llena», dicen los pobladores cuando el cauce usualmente seco de un río se inunda por una lluvia intensa. Todo puede transcurrir casi como en un abrir y cerrar de ojos de la naturaleza.

Son tan recurrentes esos fenómenos que hay un glosario que la población entiende de manera muy práctica y sobre el cual permanece atenta. Entre ellos:

  • Aguacero o chubasco: que se presenta y termina repentinamente. Lo advierten por las señales del cielo y lo ratifican por el parte meteorológico.
  • Alertas: que pueden ser amarillas, verdes o rojas dependientes del riesgo y emergencia.
  • Albergue: la escuela, el centro comunal o una iglesia, previamente identificados, que son utilizados para satisfacer las necesidades básicas de la población afectada o en riesgo de serlo.
  • Damnificado: víctima que perdió la estructura de soporte de sus necesidades básicas, como vivienda, medio de subsistencia, etc.

Pero al mismo tiempo que existe un glosario para las consecuencias, también lo hay para la prevención. Conceptos como riesgo, amenaza, gestión del riesgo, erosión, micro cuencas o cambio climático, se entienden con bastante claridad, explicados a partir de experiencias comunitarias o testimonios propios.

Maximino Martín, un productor de camotes de La Laguna No. 2, comunidad de San Francisco de Coray, Valle, define la adaptación al cambio climático a partir de su experiencia de vida: «a medida que las cosas se dan difíciles, aportamos ideas unos con otros, con asesoría externa. Construimos reservorios de agua, cortinas para los microrriegos… la necesidad dicta como adaptarnos al sistema».

Lo anterior es interesante de interpretar porque al visitar las comunidades se advierte que la percepción no está como al principio, sino que se ha producido un proceso de adaptación de las personas, familias y comunidades a un medio social y natural intervenido por fenómenos que van más allá de su control.

«De aquí no nos vamos a ir», suelen decir pobladores mayores de 30 años, para quienes la emigración al «norte» (EEUU) o a las principales ciudades hondureñas, despierta más miedo e inseguridad que luchar en sus tierras contra las adversidades del clima. No obstante, saben que «integrarse» al riesgo demanda establecer nuevas relaciones con el entorno.

Un ejemplo de esa nueva actitud cultural es Antonio Ortiz, dueño de una finca auto sostenible de media manzana, que se localiza en la comunidad de El Rincón, jurisdicción de Nacaome, Valle, y que sirve de referencia a otros agricultores, por el uso de abono orgánico para fertilizar las plantas y el aprovechamiento del estiércol fresco de ganado para producir la energía que ocupa un fogón biodigestor.

De su finca, Ortiz obtiene tomates, frijoles, maíz, maracuyá, yuca, pepino, papaya, café, apio, cilantro, loroco, chipilín, leña para el fogón, carne de pollo y de cerdo, y afirma: «el punto número uno es no darse por rendido, no dejarse vencer, no esperar del Estado o de la ayuda internacional que todo se lo regalen, e involucrar a la familia para que todos participen».

Cultura de resistencia

Corredor Seco Centroamericano. Mapa ECADERT

Residir en el Corredor Seco Centroamericano es, de alguna manera, vivir en «otro país», donde las sequías o inundaciones son una constante y en los cuales se trata de romper comunitariamente la dinámica de que un fracaso es generador de más fracaso.

En Honduras, el Corredor Seco incluye los departamentos (provincias) de Choluteca, Valle y áreas de El Paraíso y Francisco Morazán. Son igualmente regiones donde la pobreza y la extrema pobreza son más agudas.

A nivel regional, como se sabe, dicho corredor se extiende desde el Estado de Chiapas en México hasta la provincia de Guanacaste en Costa Rica. Físicamente se explica como un fenómeno cíclico de lluvias irregulares, que dificultan la producción agropecuaria de cerca de 10 millones de personas, instaladas básicamente entre Guatemala y Nicaragua.

Desde la primera mitad del siglo pasado, se viene identificando repetidos ciclos de El Niño de la Oscilación Sur (ENOS), que han modelado la forma de vida de estas zonas predominantemente rurales, donde se hilvana una red de realidades interconectadas, que erige la misma figura humana, la del pequeño productor (que envejece paulatinamente, por falta de relevo generacional) o familia de campesinos que viven de la agricultura de subsistencia y venta de mano de obra en condiciones precarias y arbitrarias.

Se identifican también, a lo largo de su historia, como los escenarios donde se han llevado a cabo los más severos conflictos de lucha y despojo de tierras, guerras, desplazamientos e inestabilidad laboral.

Toda la década de los 80, por ejemplo, Choluteca y El Paraíso, en Honduras, fueron extensión territorial de la contrarrevolución nicaragüense. Esa situación generó miles de refugiados nicaragüenses y de desplazados hondureños. El impacto medio ambiental de ese drama no se ha medido.

Dentro del ámbito político y económico, son regiones que juegan actualmente un papel marginal – pero fundamental – para el «espacio de mercado» regional, por su ubicación geográfica y por ser fuente de mano de obra que trabaja en las labores más arduas y peor pagadas.

Hay que señalar que gran parte de ese corredor simboliza el drama agrario histórico en la región centroamericana. En El Salvador, para el caso, fue escenario del genocidio de 1932 (se estima que murieron asesinados 25 mil campesinos), mismo donde se cebó en 1936 una sequía que se registra como una de las más fuertes del siglo pasado.

La mayoría de los municipios registrados en zonas de riesgo, han sido también el teatro de las guerras civiles en Guatemala, El Salvador y Nicaragua, cuyas consecuencias de baja intensidad repercutieron en Honduras y Costa Rica.

Detrás de cada sequía, hay condiciones que la empeoran

La Libertad, El Salvador. Foto: Isabella Rojas

Durante cada una de las crisis de sequía, en Centroamérica se advierte que hay un factor socioeconómico y sociopolítico que la precede y la empeora. En pleno siglo XXI, los problemas irresueltos del siglo XX se acumulan a los actuales.

Visto de otro modo, esto implica que  Estados fragilizados, que apenas han sobrellevado sus propias problemáticas y complejidades, tienen ahora el desafío de afrontar la suma de los problemas de cada uno.

Pero de la misma forma en que acumulan problemas, la ciudadanía involucrada también acumula capacidades y saberes.  En este sentido, es incorrecto percibir al poblador del Corredor Seco como alguien potencialmente destinado al fracaso y sin capacidad de respuesta propia y de exigencia institucional para afrontar la situación.

Al contrario, la gestión del riesgo es una materia de permanente asignación en sus vidas. Se conecta con los problemas de pobreza, tenencia de la tierra y acceso sostenido a mercados y recursos institucionales para el desarrollo. En las comunidades se percibe cada vez más que toda solución a estos problemas pasa por el rápido aprendizaje de cómo sobrevivir y, simultáneamente, crear condiciones para superarlos.

Desde la Asociación Mundial para el Agua (Global Water Partnership-GWP) y las otras instituciones vinculadas en la identificación y seguimiento de los patrones de sequía, se plantean una serie de propuestas y desafíos, diseñados para conseguir que tanto los actores locales como regionales, públicos, privados, sociedad civil y ciudadanía, puedan absorber la transferencia de conocimientos y experiencias existentes dentro de sus propias prácticas, iniciativas y marcos jurídicos.

En esencia, se propone contribuir a colocar en la agenda pública el tema agrario; priorizar el ordenamiento territorial en función de los usos de la tierra, sensibilizar a las municipalidades afectadas en el tema del cambio climático; mejorar las prácticas mediante el uso de tecnologías apropiadas, diseñar políticas sostenibles para evitar la desertificación del campo y promover la seguridad alimentaria. El reto es complejo, pero cada logro sirve de peldaño para alcanzar el siguiente.

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Publicado por

GWP Centroamérica

Global Water Partnership (GWP) es una red internacional de organizaciones involucradas en la gestión del agua. Nuestra visión es la de un mundo con seguridad hídrica y nuestra misión es fomentar la gobernanza y la gestión de los recursos hídricos para lograr un desarrollo sostenible y equitativo. GWP Centroamérica está conformada por las Asociaciones Nacionales de Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá. El contenido de los artículos de este blog no refleja necesariamente la posición de GWP. Se permite la reproducción total o parcial de las notas citando su respectiva fuente.

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