GIRH: reconoce el valor del agua

El agua es un derecho humano, sin embargo tiene un valor económico, ambiental y social que es necesario reconocer para que todos los beneficios y servicios que nos proporciona continúen y se mantengan.

Al entender que es imprescindible incorporar el valor del agua en todos sus usos, podremos poner en práctica la gestión integrada de los recursos hídricos que reconoce al agua como un bien económico y un derecho humano.

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Más sociología menos tecnocracia

Los derechos humanos deben ser el centro del debate sobre la definición del uso de los recursos naturales en Centroamérica

Por Ariel y José Manuel Torres

Evolución de términos

Hay dos términos que generan debate (y rechazo) cuando se trata de recursos naturales: “democratización” y “bien común”. Frente a estos, son preferibles “gestión” y “bien económico”. Es más, el término “bien social”, menos amplio que “bien común”, está siendo paulatinamente suprimido de las políticas ambientales.

Pero antes de que se hablara de “democratización”, “bien común”, “gestión” o “bien económico”, los recursos naturales se asociaban principalmente a la soberanía nacional; en el imaginario, el término “nacionalización” se oponía a “entreguismo”. El ejemplo prototipo lo representaba la nacionalización y monopolio del petróleo mexicano frente a casos como el de Venezuela, en las antípodas.

En Centroamérica, la primera concepción moderna de recursos naturales se formó a partir de las experiencias mineras y otros recursos provenientes de la tierra, destinados a ser productos agrícolas de exportación, como el banano. Según de dónde viniera el capital del propietario o concesionario, estos recursos se consideraban como explotados para fines nacionales o para beneficio de intereses extranjeros.

La polarización del tema era reduccionista, porque el recurso natural (tanto desde la izquierda como de la derecha) existía en función y cobraba valor únicamente desde la perspectiva de los derechos laborales. El ser humano, en su condición, ya fuera en su calidad de trabajador remunerado, como lo consideraban las compañías extranjeras o de obrero explotado, como lo consideraban los movimientos sociales, determinaba la importancia o no de un determinado recurso natural.

En otros casos, más aislados y esporádicos, los recursos naturales eran una cuestión de soberanía nacional, como el caso del río Motagua, limítrofe entre Guatemala y Honduras o como lo sigue siendo hoy en día la pesca en el Golfo de Fonseca, donde siempre se generan diferendos entre Honduras y Nicaragua.

Lo rescatable de esta visión, con fuerte acento ideológico, es que ponía en el centro del debate las injusticias sociales. Su defecto es que soslayaba cualquier otro recurso natural donde no existiera o no fuera evidente la conflictividad entre intereses. Durante muchas décadas, esta interpretación de los recursos naturales, impidió que se consideraran en su justa dimensión recursos más indeterminados como el agua (y no solamente los ríos o las aguas marítimas), el oxígeno, el recurso mineral (más allá de si fuera explotado o no), las selvas, las costas, la biodiversidad, los bosques, el aire, considerados casi con desprecio como simple naturaleza.

Cambio de vocabulario no de realidades

Foto: José Antonio LópezDesde hace veinticinco años un discurso más tecnocrático le ganó el pulso al viejo discurso ideologizado, como resultado, se han ampliado y especializado diversas visiones, pero también otras se han minimizado hasta su disociación.

La especialización ha permitido que conceptos más integrales como “recurso hídrico” o “variabilidad climática”, evoquen realidades más complejas y sustituyan a su vez denominaciones demasiado simples como “agua” o “cambio de clima”.

Sin embargo, nociones que antes tenían más peso como “injusticia” o “explotación”, son aisladas por considerarse “otros temas”, complementarios pero no centrales en la discusión sobre los recursos naturales.

Si bien hoy en día se entiende mejor lo que quiere decir biodiversidad, no se ha avanzado de igual forma para engarzar los problemas estructurales de las naciones centroamericanas con el supuesto progreso conceptual. En el discurso tecnocrático  lo económico es lo predominante, aunque también utiliza elementos provenientes de la biología (lo que es enriquecedor), sin embargo, la sociología está desterrada.

La diferencia más evidente es que lo “social” parte de lo económico y no desde la perspectiva de los derechos humanos, que siguen sin ocupar un lugar privilegiado en la toma de decisiones.

Como un paréntesis, es preciso señalar que no se está en contra de la utilización del lenguaje económico en oposición del lenguaje sociológico; se está en contra de la instrumentalización del lenguaje económico y científico que emplea la tecnocracia, de la misma manera en la que se está en contra de la instrumentalización de la sociología o de la historia del discurso ideologizado.

Si los enfoques sociológicos (separados de su instrumentalización) hubieran avanzado igual que lo han hecho los enfoques económicos, en la región seríamos capaces de comprender que una bacteria puede convertirse en parte de nuestro patrimonio común. La ausencia de enfoques sociales sólidos nos ha impedido apropiarnos de una consciencia real de nuestros recursos, que además, forma parte de los derechos y deberes que tenemos como ciudadanos.

Se puede dar mil vueltas para tratar de descifrar por qué las sociedades y los mismos gobiernos de esta región no se comprometen con su patrimonio natural, por qué la ciudadanía no asume un papel más reactivo en la defensa de los recursos naturales, pero jamás se llegará a conclusiones sinceras sino se reconoce que ha hecho falta una transmisión sin ambages donde se destaque el sentido de pertenencia y patrimonio. La gente en realidad no se cree que los recursos naturales les pertenecen, porque jamás ha sido así.

“Bien común” vs “bien económico”

Foto: GWP CAM¿Por qué sustituir palabras como “democratización” con otras menos connotativas como “integración”?

Los recursos naturales es un tema político en el mismo plano que también es un tema económico.

Para comprender mejor para dónde va la región centroamericana, no se puede ignorar que a nivel mundial las políticas del agua dejaron de ser tratadas como un contenido de fondo político para convertirse en un asunto económico.

Cuando el agua dejó de ser un “bien común” para convertirse en un “bien económico”, se dejó de hablar de “derecho al agua” para decir “acceso al agua”. Las Naciones Unidas, que es el primer interlocutor del Derecho Internacional, usa en sus informes más la palabra “acceso” y menos la palabra “derecho”. No se trata de un descuido, es un cambio de visión, que va en consonancia con las políticas de los Organismos Financieros Internacionales, que han impuesto la concepción de “bien económico”.

Por otro lado, cuando no se habla de “democratización” de los recursos naturales, es porque se realizan maniobras para dar paso a la “gestión”. Bajo una lógica de “democratización”, el poder administrador puede ser técnico pero las políticas son ciudadanas, cuando no se trata de un proceso “democratizador”, el papel de la ciudadanía es más incierto.

Los aparatos técnicos y las privatizaciones (otra palabra que despierta imaginarios y genera polémicas) suelen presentarse como una solución eficaz para la “racionalización” de los recursos, contra la incompetencia de los aparatos públicos. Lo que se obvia es que la ineficacia pública, real o inducida, no exime de sus derechos a los ciudadanos ni del poder de decisión que ostentan sobre su patrimonio.

Las privatizaciones pueden ser positivas, incluso la gestión técnica de los recursos lo es, pero siempre y cuando siga considerando a los recursos como “bienes comunes” y a los ciudadanos como derecho habientes y no como clientes. De otra manera, la finalidad da la espalda a lo social para buscar la competitividad. Y competitividad casi siempre se traduce en exclusión.

Si bien estas mismas políticas buscan precios abordables, si las circunstancias lo exigen, deben contraer también sacrificios para la población, sacrificios que no se aplican de la misma manera para los grandes sectores económicos

En la medida que la integración regional económica de Centroamérica avanza, los recursos naturales se integran de lleno a las leyes de la oferta y la demanda, de la misma forma que cualquier otro producto. Si se hablara de petróleo, sería más comprensible, pero los recursos con los que cuenta la región son “bienes comunes” inalienables, básicos para el sustento de la población.

En el caso de las grandes extensiones de tierra donde se siembra palma africana, por ejemplo, la característica económica disolvió cualquier monopolio público en su gestión. ¿Pasará igual con el agua? ¿Con el oxígeno? ¿Con la biodiversidad?

El agua ya es un bien regulado bajo las reglas de la oferta y la demanda, donde hay una marcada desigualdad en la distribución del recurso energético que producen las represas hidroeléctricas y las energías renovables, manejadas cada vez más por manos privadas y no públicas. Estos traspasos han generado un incremento en el costo de los recursos y vuelven más difícil el mismo acceso, por no decir, casi imposible el derecho al beneficio.

¿Quién gana y quién no obtiene nada con el viento que produce la energía eólica? Preguntas como éstas no pueden dejar de plantearse.

Nuevamente, desde el punto de vista económico – y no de liberalización de la economía y los mercados – tasar los precios de los recursos naturales debería hacerse a partir de la consideración de que es un “bien común”, que inclusive es menos depreciable que el “bien económico”, variable según el mercado.

Para finalizar, es preciso descifrar lo que hay detrás de los discursos, saber hasta qué punto los conceptos se instrumentalizan para favorecer determinados intereses en demérito de otros, de lo contrario, el agua, la energía, la madera, y todos esos recursos que permiten subsistir a poblaciones que no tienen otro tipo de bienes, entrarán en los escaparates del mercado de la misma forma que lo hacen los carros, la ropa o los productos comestibles.

Ni la escasez ni el crecimiento de la población son argumentos que se sostienen cuando se enfrentan a realidades como la mala distribución de los recursos o la desigualdad social.

Centroamérica todavía cuenta con mecanismos constitucionales que reconocen el valor patrimonial y común de los recursos, si los mecanismos neoliberales terminan de sustituirlos, las poblaciones se quedarán sin derechos y solamente tendrán acceso a los recursos, aquellos que puedan pagarlos.

Cálculo de huella hídrica: Lecciones de un envase

Aplicación de modelo de eficiencia en agricultura permite calcular aporte de agua para la producción y tomar medidas de reducción en el consumo. También se puede calcular en todo el proceso hasta la comercialización de un producto.

Por Francisco Angulo Z.

Foto: Anna de JimenezLiberia, Costa Rica. En el patio de la casa tenemos un pequeño huerto. Luego de un aguacero, logramos recoger algunas botellas de agua, no serán más que cinco o seis litros que pudimos captar.

Las plantas tomaron su última ración de agua del año porque con la llegada de la estación seca, de ahora en adelante la dosis de líquido será menor. Algunas morirán, otras nos darán sus frutos.

Y al tomarnos un jugo de naranja, una zanahoria o un tomate, usamos agua para la limpieza de los vegetales. Pensemos que además de nuestro huerto, la mayoría de familias se alimentan de lo que ofrecen los supermercados y se procesan en industrias gigantes.

Pensemos en el arroz, en los millones y millones de granos de arroz cosechados, lavados y que consumimos día a día millones de centroamericanos.

¿Alcanzarán las últimas lluvias para asegurarnos los alimentos? ¿Cuánto más podemos producir con una cantidad de agua limitada? ¿Qué producimos en forma eficiente?

Precisamente esta información la generan diversas investigaciones en Costa Rica, Honduras y Panamá, relacionadas al cálculo de huella hídrica desarrolladas en forma independiente y en el Centro de Recursos Hídricos para Centroamérica y el Caribe (Hidrocec-UNA) en Liberia, Costa Rica.

¿Qué es la huella hídrica?

kg de maizEs un indicador de consumo directo e indirecto del agua. Al relacionar la huella hídrica con la  seguridad alimentaria nos da información de cuánta agua necesitamos para tener cultivos y saber cuál es su rentabilidad aparente por  metro cúbico de agua; es decir, los ingresos generados en ventas por cada metro cúbico de agua utilizado en la producción.

La huella hídrica “determina el consumo y contaminación del agua que  la producción de determinado bien o servicio genera. También se puede calcular a nivel de cuenca, se puede calcular para un  consumidor o grupos de consumidores.  En este caso, nos dice cuánta agua necesitamos para tener cultivos y su rentabilidad por medio del valor aparente de la huella hídrica, en particular del agua extraída ríos y acuíferos así como aquella utilizada en el proceso de producción, por ejemplo,  el agua de riego, lavados, las incorporaciones de agua en el producto, etcétera hasta la venta en anaquel”, comenta Christian Gólcher, investigador de Hidrocec.

Los estudios iniciaron en el 2011 con un proyecto latinoamericano  con un presupuesto limitado como tal en alianza con  el Observatorio del Agua de Madrid, ente con amplia experiencia en el tema y que facilitó la transferencia de conocimiento, reuniones y seminarios para metodologías de estimación de huella hídrica.

Para una investigación amplia “Debemos contar con contra partes en Centroamérica porque el acceso de la información es muy difícil” agrega Andrea Suárez directora de Hidrocec.

La huella de los alimentos

World Water Day 2012Tal y como la planta que aprovecha hasta la última gota de agua que nosotros le demos durante el riego, cada plato está condicionado a lo que la región pueda producir y tiene además de tener un precio, tiene un costo para el medio ambiente.

El cálculo de huella hídrica en agricultura es la suma de tres componentes: la huella azul, que suma de todas las extracciones de agua superficial o subterránea usada en el proceso de producción por ejemplo, riego.

La fórmula la completan la huella verde: el agua que las plantas toman de la naturaleza y la huella gris que es la cantidad de agua que se necesita para diluir un contaminante, la referencia es el nitrógeno, que fue elegido por ser mundialmente utilizado en agricultura y su facilidad de movimiento en el suelo, se disuelve fácilmente en el agua y puede filtrase fácilmente en el suelo.

“Si se diluye nitrógeno, se diluye todo el resto de contaminantes, porque es el que requiere mayor volumen de agua” afirma Suárez.

Los datos de huella de agua se miden en metros cúbicos y son acumulativas, la verde, más la azul  más la gris. En zonas geográficas más calientes, la huella hídrica en general es mayor.

Y si queremos hablar de números, algo así como un “rendimientos hídrico de producción”, nos referiremos a “huella hídrica extendida”, que se entiende como la productividad aparente del agua. Se mide en unidades monetarias por metro cubico; ejemplo: el precio pagado al productor, se divide entre la huella hídrica y éste define cual sería el rendimiento económico para el productor.

“Esto nos lleva a que la asignación de agua para la producción de un cultivo en cierta región comparado con otro puede no ser rentable, llevándonos a sustituir cultivos, por ejemplo, maíz en vez de piña” agregó Suárez.

Así por un lado puede compararse el beneficio económico de una actividad productiva versus cantidad de agua y por otra parte cuánta agua podemos usar para obtener el mayor rendimiento productivo.

“El rendimiento económico de cada metro cubico no es cuánto cuesta el mismo, sino cuánto es la eficiencia económica por producto, o por hectárea de producción. Al final se sabrá cuanto generan esos metros cúbicos de agua, hallando un beneficio económico en términos de metros cúbicos de agua”, agregó Golcher.

El cálculo puede pues convertirse en un arma de doble filo, cuando existen cultivos adheridos a políticas empresariales o públicas que buscan a toda costa la eficiencia financiera, en detrimento de cultivos de importancia para la seguridad alimentaria o cultivos de importancia patrimonial y cultural. Sin embargo, puede ofrecer luz en producciones cuyos altos consumos de agua en la producción podría optimizarse.

Empresas como la Corporación Bananera Nacional de Costa Rica, que realizaron cálculos de huella hídrica extendida así redujeron significativamente la factura de agua y la eléctrica.

Para Golcher “el indicador no dice qué es lo que se tiene que hacer, eso le corresponde a cada empresa o comunidad tomar las acciones. Sin embargo es un indicador potente, que efectivamente señala en que partes del proceso de producción se producen los mayores consumos y, cual es el origen de los mismos.”

Pero también determinar sustituir cultivos podría variar por completo la infraestructura desarrollada en una región y con esto, estilos de vida y hasta identidad de una región, por ejemplo, si una zona es conocida como “azucarera” por excelencia y por cálculo de huella, ese arraigo e identidad -que incluso genere otras actividades-, estaría en vilo por un cambio a otra actividad, por ejemplo, frutas, raíces, tubérculos o arroz.

¿Y si todos nos ponemos de acuerdo?

Ilustración: Ronnie Andrei AcostaSi echamos el agua en una sola planta, tendremos un solo producto. Si la distribuimos en varias, podríamos ver qué variedad de frutos obtenemos y hasta intercambiar con los vecinos.

Las políticas de producción de cada país, están permeadas por las pujas de los mercados, los mismos productores, intermediarios y detallistas, que todos obtienen su parte, -justa o no- en las cadenas de valor. Esta es la voracidad en las reglas de mercado: ley del más fuerte.

Porque presionar al cambio en los mercados es una cuestión ideológica y según Suárez tiene que mucho que ver en el cómo se presenten los datos.

Y es oportuno pensar en un estudio regional que permita hacer más eficiente el uso del agua en cada proceso de producción agrícola. Eso sí, éste es conveniente desarrollarlo con quienes ya trabajan en esta línea en aquellos países y que cuenten con información nivel de país.

Y no se trata de un solo análisis de huella hídrica. Tanto Golcher como Suárez comparten el criterio de desarrollar los análisis de cultivos con criterios socio-ambientales, culturales, históricos y económicos de la región, lo que comentamos anteriormente.

Sin embargo, el aporte de la huella en los procesos agropecuarios siempre es bueno porque ofrece la posibilidad de establecer metas de optimización en el uso del recurso hídrico. Existen experiencias fuera de la región, donde han demostrado que una economía puede crecer más y en forma sostenida, utilizando el agua en forma eficiente, caso de la remolacha azucarera en España, Grecia y Francia.

Aunque Waterfoot Print Network utiliza un mismo marco metodológico, para los países de Centroamérica, hay diferentes modelos y metodologías para el cálculo de huella.

Aquí, se hicieron análisis de producto para determinar parte por parte de la huella desde los consumos de los insumos hasta el consumo de agua en la entrega final del producto.

Volvamos a casa

TomatesNuestras plantas han crecido: tomate, lechuga, naranjas y limón. Y con el agua, la lechuga creció poco, pero suficiente para cenar, los tomates pequeños pero jugosos, las naranjas también. Las flores de nuestro arbolito de limón, no pasaron la época seca y cayeron como dientes de león.

El riego fue limitado frente a las demandas de agua y aunque algunas plantas crecieron más y mejor que otras, las necesidades fueron diferentes y al ser así, la necesidad de agua fue más grande que la que teníamos almacenada y  utilizamos; excedimos la huella.

Debemos sumar también los insumos, el agua de lluvia que recibieron las plantas, la usada para preparar los alimentos y hasta la que consumiremos durante una cena o comida completa.

En Costa Rica, se busca hacer huella en agricultura, en la industria y el sector doméstico, pero se ha visto limitado porque hay muy poca información o la misma se encuentra dispersa.

La huella en consumo humano doméstico varía de región a región, aumenta en zonas más cálidas y costeras y así como también participan variables socio-económicas. Sin embargo, en primera instancia existen limitaciones de información. Hay operadores de acueductos que desconocen cuánta agua dan y distribuyen; o no hay medición continua del agua que consume una familia.

La dieta, el Agua No Contabilizada (pérdidas en las cañerías, conexiones ilegales), también pueden tender a distorsionar el dato.

Por ejemplo: Según Waterfootprint, la Huella una taza de café es de 132 litros de agua: 94% Huella Verde, 1% Azul y 3% Gris, la de un kilo de mantequilla es de 5.553 litros (5,5 metros cúbicos) de agua, de los cuales 85% es Verde, 8% azul y 7% es Gris.

No basta conocer lo que producimos y cómo lo hacemos, sino con qué contamos para ello y el costo para la naturaleza de darnos agua para nuestra vida.

Lo fundamental está en que en cada casa, seamos conscientes del recurso hídrico y como ser “eficientes usuarios” con el uso del agua.

Por ahora, seguiré recogiendo agua de lluvia en un envase. Una botella cualquiera. No tendrá espacio más que para recuerdos de una gota de agua. Pero en su interior se encuentra la vida… ¿y la botella cuánto vivirá? Esa es otra historia.